domingo, 31 de agosto de 2008
Pasión, razón y superstición.
“Las pasiones humanas son un misterio”, reza el inicio de un párrafo del libro “La historia interminable” de Michael Ende, el cual sigue describiéndonos cómo algunas personas son capaces de emprender acciones sumamente arriesgadas sin otro beneficio concreto que su gusto por hacerlo, como sería el ascender a una montaña. Ende continúa reflexionando que quienes padecen las pasiones no pueden explicárselas y quienes no están sujetos a ellas no pueden comprenderlas en los demás. Pone ejemplos tales como aquellos quienes pierden todo cuanto tienen en el juego o por la falta de control sobre sus hábitos de bebida. O las personas que buscan el poder por encima de todo, y los que creen firmemente que estarán mejor en otra parte y “recorren el mundo durante toda su vida”. El párrafo sirve de introducción a la pasión del niño protagonista, Bastián Baltasar Bux, por los libros y la lectura. En el fondo, Ende pone el dedo en la llaga sobre si somos realmente o no una especie “racional”…
Pero no sólo en la literatura puede levantarse la cuestión. En 2002, la escuela de negocios de Harvard condujo un estudio en más de 1,500 directivos exitosos de empresas en Estados Unidos y se encontró con un dato interesante y a la vez confuso: más del 80% de los altos directivos atribuían sus decisiones acertadas a su intuición más que a su buen juicio. Uno de ellos incluso comentaba: “Cuando pienso me equivoco, en cambio mi olfato nunca me ha defraudado.” Este comentario tan común y corriente encierra un dilema no resuelto: ¿Hasta qué punto en verdad somos una especie racional?
La respuesta parece muy simple. Si no lo fuéramos, no podríamos ni siquiera hacernos la pregunta. Sin embargo aun aceptando que tenemos la capacidad, deberíamos preguntarnos qué tanto la usamos.
Según un estudio conducido por investigadores de la Universidad de Virginia, en un día cualquiera, un adulto ordinario pasa menos de 35 minutos razonando – verdaderamente razonando - algo, lo que sea. El resto del tiempo se dedica a acciones que ya ha hecho automáticas y que no le requieren ningún esfuerzo intelectual, por ejemplo manejar un automóvil, resolver problemas de rutina en su trabajo, hacer compras de rutina en el supermercado, comer, etc. 35 min de un día representan ¡menos del 2.5%!! Reflexionamos apenas un minuto de cada cuarenta a lo largo de nuestra rutina diaria…
Por supuesto, es fácil rebatir lo anterior argumentando que para lograr automatizar una tarea, hemos pasado por un proceso previo de razonamiento, ejecución y aprendizaje. Y que en ese 2.5% podemos razonar cosas de gran importancia o que algunos días dedicaremos mucho más tiempo a reflexionar dependiendo de las circunstancias. Entonces el el siguiente dilema podría plantearse en los términos de la carga verdaderamente racional en una decisión “aparentemente” razonada.
Pongamos un ejemplo simple: escoger un automóvil. Está considerada la segunda compra más importante que realizaremos en la vida, después de la compra de un bien inmueble como patrimonio. En teoría sería una decisión eminentemente racional. Sin embargo, cuando vemos los anuncios en general de la industria automotriz, encontramos muchas referencias a la “emoción” de manejarlo, a la “pasión” que despierta su línea, etc., etc., etc. Pocos anuncios hacen hincapié en los beneficios técnicos y, seamos realistas, aún menos compradores estan verdaderamente preocupados por dicha información. En un gran número de casos las personas, tras satisfacer algunas dudas técnicas esenciales, terminamos decidiendo por aspectos que podrían emparentarse más con las emociones que con la razón. Sobre si el auto nos gusta o no. Punto.
Diariamente todo aquel que tenga una cuenta de correo electrónico activa, recibe una cantidad determinada de correos basura. Muchos son cadenas que nos conminan a reenviarlas a nuestros conocidos mediante chantajes de tipo moral o emocional, insinuando la posibilidad de atraer desgracias “mágicas”. O nos hablan de situaciones técnicas o económicas absurdas: virus informáticos de terrible actuación o la posibilidad de recibir una gratificación por el reenvío de un correo. Estas cadenas no son nuevas, ni privativas de la era tecnológica. Existen desde que era posible teclearlas en máquinas de escribir (y estoy seguro que de investigar el asunto, encontraríamos que se remontan a épocas aún más antiguas). Lo interesante de todo este asunto es que las cadenas siguen existiendo, única y exclusivamente debido a que un gran número de personas las siguen transmitiendo: por maldad, por convencimiento o “por si acaso”… Y las tres razones son, de hecho, absolutamente irracionales. Y están presentes en nuestra vida con suma frecuencia.
Llama la atención cómo ante la sutil insinuación de un terapeuta, que en el fondo está buscando varias causas, existen quienes están dispuestos a depositar de manera absoluta la razón a sus desórdenes de conducta en la educación recibida por sus padres, o a las presiones socioeconómicas y laborales, eliminando toda responsabilidad de sus actos adultos. Millones consultan los horóscopos y el tarot depositando en ellos una cierta esperanza de saber lo que les depara el futuro. Aún las personas más juiciosas y prudentes experimentan momentos de duda por cuestiones absolutamente supersticiosas. Lejos de gustarnos nuestra condición de seres racionales, somos una especie que se apresura a renunciar a este don cada vez que puede.
Muchos de los grandes episodios de la historia están centrados alrededor de grandes “errores” o actos absolutamente irracionales. Existen ejemplos clásicos, como cuando el sultán Omar decidió quemar la Biblioteca de Alejandría, bajo el razonamiento de que si su contenido iba en contra del Corán, merecía el fuego, y si estaba de acuerdo con él, entonces sobraba y no importaba quemarla. Por supuesto, la acción del Sultán puede ser analizada como una estrategia de colonización, aunque es imposible negar que dada la fama de la biblioteca, el acto es barbárico, sino por lo menos estúpido.
Ahora bien, sería sencillo explicar las acciones anteriores por un gran egoísmo, que si bien en sí mismo no es un acto racional, permite dar un soporte racional al mismo: “hago esto pues me conviene a mi, a pesar del perjuicio que causo a otros”. Sin embargo, esto puede contrastarse con actos también irracionales, pero en los que el egoísmo no tiene nada que ver.
En Septiembre de 1985, cuando ocurrió el terremoto de la Ciudad de México, fue notable el nivel de sacrificio de la población civil. Algunas personas eran capaces de introducirse en pequeños y precarios túneles con el ánimo de rescatar a alguna posible víctima, aún sin saber si la encontrarían con vida. Si bien el heroísmo es loable, nos hace dudar de la capacidad de razonar de estos rescatistas. ¿Por qué arriesgar la vida, ante la incertidumbre de que alguien pueda estar ahí? La respuesta ordinaria es que tiene que ver con la capacidad de donación, con el amor al prójimo, lo cual no hace si no reforzar la idea de que el principal enemigo de la razón es nuestro lado emocional.
Sin llegar a actos de tal heroicidad, el hecho mismo de ser padres consume recursos económicos y personales importantísimos para la pareja. Dar a luz a un niño y cuidarlo en sus primeros meses – y años – de vida es, literalmente, un acto de donación que raya en lo heroico, pues el bebé depende de manera absoluta de esta donación materna y paterna. Y sin embargo es una experiencia que la gran mayoría de las parejas buscan a veces sin poder explicar ni siquiera las causas. Es evidente que las recompensas son emocionales (salvo en los casos en los que los hijos suponen un soporte económico a la familia). Son actos de amor, que no tienen explicación racional.
¿Hasta que punto somos realmente racionales?
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

3 comentarios:
Increible!!! el horóscopo funciona!!! (hoy salí tarde del trabajo)
jajajaja
Escribes sobre un montón de temas, que creo que par responderte te tendría más bien que escribir una carta extensa, pero me llamó mucho la atención el párrafo en el que mencionas que como especie pareciera que renegamos del privilegio de razonar, huyéndole o simplemente no haciendo uso del mismo.
Me has hecho reflexionar sobre el escepticismo personal que le doy a la razón, en contraposición con la elevada apreciación que tiene mi intuición (a los que suelo llamar poderes)
Quizás es una forma de justificar nuestros errores y negarnos a aceptar la culpa.
Me gustó mucho el post y la forma como lo abordas.
Saludos!
Jorge, somos racionales obviamente porque tratamos de dar de inicio un orden al caos, al entorno.
Empezamos numerando, desde nuestras cabras, estrellas del firmamento, nuestra edad, bienes, etc.
Yo agregaría que somos también naturalmente "audaces", que es lo que nos ha llevado en gran parte a conquistar, descubrir, apostar, invertir, experimentar y que mucha gente puede catalogarlo como "intuitición", pero no soy muy abierto a creer en facultades no 100% comprobables ni física ni experimentalmente (me refiero a estudios científicos).
¿Otro síntoma mío de racionalidad? jajaja
Ojo, que la "audacia" es una cualidad, por así decirla NO EXCLUSIVA del ser humano, más bien común en el reino animal e inerente al instinto de supervivencia.
No sé, lo único que puedo decirte es que es tan asombroso el ser humano que un día puede desilucionarme y al día siguiente sacarme una sonrisa, desumbrandome como Mario Capecchi, ví que leíste mi post sobre él.
Saludos señor ;)
P.D. Me estoy paseando por tu blog. Me gustan tus temas y como los abordas.
Miss Lane! Pues sí, el horóscopo funciona. Escribí esto como un ensayo para una investigación, pero al final quedó mejor como artículito. No creo que ya me dé tiempo de publicar otro antes de irme, pero en cuanto vuelva, le daré continuidad.
Carlos, ¡Gracias por la visita! Pues tu blog es muy interesante, pero además concurrido, así que agradezco aún más tu comentario por aquí. Yo también creo que nuestra racionalidad se convierte en nuestra mejor arma y también nuestra peor excusa.
Saludos!
Publicar un comentario