
Hace muchos, muchos años (en una galaxia muy lejana). Un profesor de literatura me dijo: "Todas nuestras acciones y nuestras palabras pueden aspirar a la inmortalidad. No se conforme con menos".
En ocasiones - como hoy - le odio un poco...
En el fondo me odio a mi mismo por haberle creído alguna vez, o por haber pensado en ello como un ideal asequible, noble. Es una frase hermosa, sin duda, pero lapidaria también. Y si somos de espíritu influenciable al recibirla, puede perseguirnos el resto de la vida...
De acuerdo a los espíritus racionalistas que buscaban el alma en la materia a principios de siglo, el cuerpo de un hombre pierde al morir algunos gramos. No recuerdo si 6 ó 10, y González Iñárritu ya tuvo a bien comercializar el que son en realidad 21. De cualquier forma, es muy poco. Alguien tuvo la ocurrencia de sugerir que esto era "el peso del alma", craso error teológico, filosófico, y científico, aunque al menos no carecía de cierto romanticismo...
Algún otro más poético ha dicho que aquellos gramos representan el peso de la vida, lo cual entonces nos sugiere su ligereza, virtud sobre la cual reflexionó Kundera y que además Calvino nos legó como una de sus seis propuestas para el próximo milenio - éste que ahora vivimos -.
Ahora sabemos que al morir la persona sus "motores" internos dejan de trabajar, lo cual involucra el cese de un determinado moméntum que engaña a la báscula mientras estamos vivos. Entonces esos gramos serían el peso del movimiento. De nuestro movimiento interior. Al final eso es todo lo que separa la muerte de la vida: no unos gramos sino el movimiento...
Volviendo a la Vida (y con ello a la Muerte) no está aún claro qué es una (y por ello, qué es la otra). Pero la definición de ambas en función del movimiento viene de los filósofos, mucho antes que de los físicos. El movimiento tiene ese peso específico, incuantificable y equívoco: señala el paso de la vida a la muerte. Tiene peso porque da significado. De esa misma forma la vida da significado a la realidad, y la muerte, a la vida. Si no existiera la vida, la creación entera sería un conjunto inerte e inadmirable de sustancias. Gracias a la existencia de la vida es que el universo cobra la dimensión de la inteligibilidad. Y gracias a que existe la muerte, la vida tiene sentido, porque es finita, única. A cada instante y para cada uno de nosotros la vida es maravillosamente única. Nunca repetiremos ningún momento de ella y por eso todos nuestros instantes son atesorables, invaluables.
Hoy estoy en una ciudad muy al norte del país, con temperaturas inhumanas fuera del aire acondicionado del hotel. Mañana volaré muy temprano a otra ciudad del Bajío para despedir a un profesor Canadiense que vuelve a su Universidad y después volaré de nuevo a la Cd. de México para dar por enésima vez una charla sobre actitudes de vida. En la noche iré a cenar con unos amigos. Y fue reflexionando en todo lo que a veces hacemos en un sólo día, que me di cuenta de "todo lo que se pierde si no se comparte".
Pensé en la gente que vemos y con la que hablamos y pensé también en cómo las palabras van y vienen y aún los actos. Ninguno tiene el peso de la inmortalidad, pues esos los confieren los demás, cuando les parecen dignos de recordarse, por valiosos (o por deplorables). En eso nosotros no tenemos nada que ver. Lo que tiene peso es lo que decidas hacer hoy con tu propia vida y lo que decidas vivir en lo personal.
Ya lo dijo Sinatra (más popular, aunque no por ello menos filosófico): "Voy a vivir hasta que muera..." Tiene dos lecturas: la obvia (un poco estúpida) y la profunda: Que no se diga que tu vida terminó a los 30 y que te enterraron 40 años después... Vivamos (hablando de un "vivir" profundo, real), hasta el día de nuestra muerte...
Abrazo,
G.
En ocasiones - como hoy - le odio un poco...
En el fondo me odio a mi mismo por haberle creído alguna vez, o por haber pensado en ello como un ideal asequible, noble. Es una frase hermosa, sin duda, pero lapidaria también. Y si somos de espíritu influenciable al recibirla, puede perseguirnos el resto de la vida...
De acuerdo a los espíritus racionalistas que buscaban el alma en la materia a principios de siglo, el cuerpo de un hombre pierde al morir algunos gramos. No recuerdo si 6 ó 10, y González Iñárritu ya tuvo a bien comercializar el que son en realidad 21. De cualquier forma, es muy poco. Alguien tuvo la ocurrencia de sugerir que esto era "el peso del alma", craso error teológico, filosófico, y científico, aunque al menos no carecía de cierto romanticismo...
Algún otro más poético ha dicho que aquellos gramos representan el peso de la vida, lo cual entonces nos sugiere su ligereza, virtud sobre la cual reflexionó Kundera y que además Calvino nos legó como una de sus seis propuestas para el próximo milenio - éste que ahora vivimos -.
Ahora sabemos que al morir la persona sus "motores" internos dejan de trabajar, lo cual involucra el cese de un determinado moméntum que engaña a la báscula mientras estamos vivos. Entonces esos gramos serían el peso del movimiento. De nuestro movimiento interior. Al final eso es todo lo que separa la muerte de la vida: no unos gramos sino el movimiento...
Volviendo a la Vida (y con ello a la Muerte) no está aún claro qué es una (y por ello, qué es la otra). Pero la definición de ambas en función del movimiento viene de los filósofos, mucho antes que de los físicos. El movimiento tiene ese peso específico, incuantificable y equívoco: señala el paso de la vida a la muerte. Tiene peso porque da significado. De esa misma forma la vida da significado a la realidad, y la muerte, a la vida. Si no existiera la vida, la creación entera sería un conjunto inerte e inadmirable de sustancias. Gracias a la existencia de la vida es que el universo cobra la dimensión de la inteligibilidad. Y gracias a que existe la muerte, la vida tiene sentido, porque es finita, única. A cada instante y para cada uno de nosotros la vida es maravillosamente única. Nunca repetiremos ningún momento de ella y por eso todos nuestros instantes son atesorables, invaluables.
Hoy estoy en una ciudad muy al norte del país, con temperaturas inhumanas fuera del aire acondicionado del hotel. Mañana volaré muy temprano a otra ciudad del Bajío para despedir a un profesor Canadiense que vuelve a su Universidad y después volaré de nuevo a la Cd. de México para dar por enésima vez una charla sobre actitudes de vida. En la noche iré a cenar con unos amigos. Y fue reflexionando en todo lo que a veces hacemos en un sólo día, que me di cuenta de "todo lo que se pierde si no se comparte".
Pensé en la gente que vemos y con la que hablamos y pensé también en cómo las palabras van y vienen y aún los actos. Ninguno tiene el peso de la inmortalidad, pues esos los confieren los demás, cuando les parecen dignos de recordarse, por valiosos (o por deplorables). En eso nosotros no tenemos nada que ver. Lo que tiene peso es lo que decidas hacer hoy con tu propia vida y lo que decidas vivir en lo personal.
Ya lo dijo Sinatra (más popular, aunque no por ello menos filosófico): "Voy a vivir hasta que muera..." Tiene dos lecturas: la obvia (un poco estúpida) y la profunda: Que no se diga que tu vida terminó a los 30 y que te enterraron 40 años después... Vivamos (hablando de un "vivir" profundo, real), hasta el día de nuestra muerte...
Abrazo,
G.
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