Recuerdo hace muchos años, durante unas vacaciones, que mis padres nos llevaron a un restaurante instalado en lo que había sido una señorial hacienda. Sé que se encuentra en el estado de Puebla, pero no tengo idea cuál es. Jamás se me ha ocurrido preguntar. Creo que hasta hoy no había vuelto a pensar en él.
El lugar es bonito, creo, pues lo recuerdo muy vagamente. Imagino que debe ser hermoso para ir en pareja o con un grupo de amigos. Pero cuando eres niño, lo realmente impactante es lo que rodea la ex-hacienda. Siempre fui un niño citadino. Crecí entre edificios, concreto, vidrio y parques mal cuidados. Rara vez salíamos de vacaciones y cuando lo hacíamos era siempre a los mismos lugares. Mis padres son seres de costumbres muy arraigadas... (eufemismo para "ex-traor-di-na-ria-men-te rígidos").
Por eso en aquella ocasión fue tan impresionante ver el lugar. Enmedio de un valle enorme, de suaves elevaciones y hondonadas, cubierto íntegramente de pasto hasta donde mis pequeños ojos alcanzaban a ver. Muy lejos en el horizonte se veían los inicios de algún bosque y aún más allá, las montañas. México es un terreno muy accidentado, con dos accidentes geográficos que lo recorren de norte a sur y que, según algunos economistas connotados, explica mucho de nuestro atraso social-económico, pero esa es otra historia, para adultos. Esta es una historia de niñez.
Había que recorrer un largo camino hasta la entrada de la Ex-Hacienda, situación que desde el coche permitía admirar ese enorme valle. La comida fue más un suplicio de espera, que un manjar. Y finalmente nos dejaron salir a jugar. Recuerdo al salir comenzar a correr.
Y correr, correr, correr. Correr sin ningún rumbo, cambiando de dirección de manera aleatoria, constante, hasta que los pulmones revientan y los músculos te duelen y entonces te dejas caer en el suave pasto y respiras agitado viendo los blancos trazos que decoran un cielo azul intenso, casi sólido, de tan brillante. Y me quedé ahí, viendo las nubes, viendo las formas. Y luego me levanté y ví a lo lejos el restaurante y los autos, tan pequeños. Tan distantes. Y volví a correr.
Nunca he vuelto a experimentar esa sensación de absoluta libertad. De gozosa libertad. De correr sin mirar atrás. De correr sin un destino al cual llegar. De correr sin competir con alguien más. Sencillamente correr por sentir el aire en el rostro, e imaginar que eres como un avión en vuelo rasante sobre un terreno hermoso. Un campo elíseo, the "fiddler's green"...
Quizá al crecer me dejé engañar pensando que tanta libertad debía atemorizarnos. Y lo creí. Y la evité. Pero poco a poco he descubierto que no es verdad. Que la libertad se atesora cuando se vive y se descubre. Y que correr sin rumbo es una manera de romper con el pasado, que es estático. No se mueve, no puede alterarse. El futuro en cambio no existe y correr es separarse del pasado hacia el futuro. Pero justo antes de comenzar a correr está esa breve pausa en la que nos damos cuenta de hacia dónde vamos.
He corrido mucho los últimos dos años. Ha sido una carrera más por encontrar un rumbo que por llegar a algún otro lugar. Es tiempo de echar a correr... y disfrutar la carrera.
G.
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